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  La Moneda - José Ramón González García (MONXU)

¿Me reconoces, abuelo? ¿Reconoces en mí a tu lazarillo Ramonín? Pues yo soy Ramonín, abuelo. He crecido mucho, y ya no compruebo mi estatura marcando rayas en la pared. ¿Lo recuerdas, abuelo? También mis pantalones han crecido y ahora no dejan, como antes, aquellas piernas flacuchas y temblorosas al descubierto. Ahora van de la mano de mis zapatos, aquellos sucios y rotos, no, abuelo. Otros limpios y acharolados, con brillo de limpiabotas. No, ya no limpio la nariz con el dorso de la mano, de eso ya hace muchos años, abuelo. Ahora ya no me llaman Ramonín, soy el Sr. Ramón, trabajo en una fábrica, hablo de fútbol, juego a las quinielas, estoy casado… Si abuelo, ya lo ves, casado. ¡Si tú  la conocieras…! Cuando llego de la fábrica, ella me recibe en la puerta, después llegan ellos, abuelo, son tus biznietos. Me besan todos  a la vez, en un tropel bullicioso de pelo revuelto y de rodillas sucias, ella nos envuelve en una sonrisa.

También la ciudad ha crecido, se ha hecho alegre y risueña, y ya no hay tranvías. ¿Recuerdas, abuelo, aquel que todas las mañanas pasaba frente a nuestra ventana, haciendo guiños con su ojo electrizo? Ahora, en la calzada, sólo quedan algunos trozos de rieles, como surcos de dos lagrimones que rodasen por el asfalto. No, abuelo, ya no existe. Si, ella, nuestra casa. Estaba muy vieja, y la derribaron, cayó esparciendo sus huesos amortajados de polvo. Aún recuerdo su escalera, ciega como tú, que cuando ascendíamos por ella, se quejaba como si le dolieran sus resquicios. Y aquel portal, oscuro y triste, con piso de tierra, húmedo y lleno de agujeros que parecían relojes que marcasen minutos de tierra.

Guadalajara, pueblos del frente, sin identificar - Biblioteca Nacional de España.Todo ha desaparecido, abuelo. Nuestra habitación, las puertas y paredes llenas de muñecos dibujados con tiza, las ventanas de cristales sustituidas por cartones… Y allí plantaron, abuelo, una cornisa de cemento armado con la cara salpicada de ventanas. Y la gente sigue paseando por la calle, bajo la luz,  ahora, fluorescente, sin un recuerdo para el otro edificio, que como un viejo añoso y encorvado, abandonó la ciudad un día, llevando de la mano a su decrépita escalera, y al hombro telarañas y tablas carcomidas. Quizá les alumbrara el camino  la vieja farola.

Al nuevo edificio lo han decorado con máquinas de escribir, con ventanillas. A mi me gustaba más entonces, cuando las notas de tú violín inundaban nuestra vieja habitación ¿Recuerdas, abuelo? Mientras tú tocabas, yo solía quedarme dormido. Por los intersticios de la ventana entraba a calentarse un rayito de luz, y hasta nosotros llegaba, de vez en cuando, las débiles pisadas de algún nocturno transeúnte. Tú seguías tocando.
Nos levantábamos temprano, cuando salíamos la niebla se desperezaba por las calles y las farolas eran borrones amarillentos. Desayunábamos en el viejo café después, con las notas primeras de tú violín, rodaban hasta mi palma las monedas, que al entrar en la oscura noche del bolsillo, saludaban a las demás con un bostezo soñoliento. Un bostezo con ruido a calderilla.

Desde que estas cosas ocurrían, hasta hoy, los calendarios han estrenado muchas primaveras, pero yo sigo recordándote, abuelo. Por eso hoy quiero escribirte. Para hablarte de las cosas extraordinarias que pasaron aquel día, muchas veces les he contado a mis hijos la historia y a ella también, abuelo. ¡Les gusta tanto!
También hoy nieva, pero hoy no tengo que chapucear entre la nieve, estoy aquí, con ellos, al lado del fuego, siento como el viento azota los cristales, mientras los leños crepitan en la chimenea.
Ella está cosiendo y los chicos juegan sentados en el suelo a los banzones, después cenaremos y quizá antes de irnos a dormir, les cuente yo alguna historia.

Nos llamaron de una mesa, te pidieron que tocases. Tú mirada estaba perdida en blancos e infinitos horizontes de un mundo soñado. Recuerdo ahora tus ojos azules que apenas se distinguían del blanco del iris. No se podía decir que aquellos ojos no viesen. Eran sencillamente, unos ojos distintos, abuelo.
El hombre de las gafas, el mofletudo, el de la nariz desmesuradamente larga, todos, te escuchaban. También el hombre delgado y paliducho, el que te pidió que tocases, escuchaba con atención, al terminar, se juntó en mi palma las monedas del hombre de gafas, del mofletudo, y del de la larga nariz…faltaba la moneda del hombre Moneda de dos pesetas, 1937 - II República.Moneda de una peseta, 1937 - II Repúblicadelgado y paliducho. Extendí mi mano hacia él y se retiró vacía, por un momento, algunos le miraron, pero pronto se apartaron las miradas y las conversaciones siguieron. Entonces volví a extender mi mano, el hombre parecía no mirarme, mejor dicho, era como si no encontrase acomodo su mirada. En la mesa hobo un momento de silencio, la mano continuaba vacía y descaradamente extendida. Ya ves, abuelo, una cosa sin importancia. Una mano obstinadamente extendida, ante un hombre que no deposita  en ella una moneda, y sin embargo, en aquel momento, se produjo una extraña tensión en el ambiente, alrededor de la mesa. Un no se qué, raro y molesto. Puede que mi mano no permaneciese ante el hombre más que unos segundos, pero unos segundos con demasiado tiempo para algunas cosas.

Comprendí que el hombre estaba violento y me alegré. Después me dolió aquella alegría mía, tú ya sabes por qué, abuelo.

Salimos del café. De pronto, la gente comenzó a gritar. Se hablaba de aviones y refugios y todos corrían como si estuvieran locos. Nosotros también corríamos, abuelo. Te llevé, por algún tiempo, cogido de la mano, pero cuando llagué al refugio, tú no estabas conmigo. Perdóname, abuelo, tuve miedo, lo reconozco.
Hasta el refugio llegaba el ruido sordo de las explosiones, la gente se apretujaba miedosa, noté que me pisaban. Una especie de terror se filtraba entre las gentes, mujeres y niños asustados y llorosos, viejos cabizbajos.
Me acordelé ti, y comencé yo también a llorar, quise salir, pero alguien me lo impidió sujetándome, y tú pobre ciego, abandonado en la calle cualquiera, porque tú lazarillo tubo miedo…

Esta vez nadie pudo detenerme y salí corriendo, grité por la calle, te llamé…
Algunos edificios se derrumbaban entre un estruendo infernal, mis lágrimas adornaba el silencio de las mejillas. Tú no contestabas. En el cielo, un sol que no calentaba y que era como una calabaza que aún no estuviera en sazón…

Fui al café. Estaba vacío, sólo las luces… Comenzó a nevar otra vez, y el espacio se pobló de blanca viruela, corrí hacia casa, la escalera, recostada como siempre en la penumbra, parecía mirarme como se mira a los cobardes, hasta me parecía que los muñecos escarabajeados en las puertas, dibujaban en su desequilibrada inmovilidad, reproches a mi conducta, cuando bajé a la calle todo había cesado y ls gente salía de los refugios, pero yo no te encontré. Me di cuenta de que estaba en la Plaza Mayor, miré a la esquina del cine, tampoco estaba allí el viejo castañero. La plaza estaba vacía, yo, sólo, en medio. ¿Cuánto tiempo hacía que te buscaba? No lo sé, lo que sí es que sentía un frío terrible en los pies, algunas luces se encendieron alargadas y silenciosas sombras se desplomaron sobre la nieve. Yo tenía miedo, abuelo, yo me puse a llorar y de pronto una mano acarició mi cabeza, levanté la vista y me encontré con unos ojos que me miraban con ternura. El hombre me llevó a su casa y me dieron algo caliente. Hablaba por teléfono, preguntaban por  ti, abuelo, ahora el hombre escuchaba atentamente, pero el gesto de su cara me dijo todo claramente, nada hablaron, de momento, pero yo lo entendí, mejor diría lo presentí, abuelo. Sí muerto…

Y ya veis no me puse a llorar, fue como si el corazón me hubiera dado un golpetazo contra las paredes del pecho, (no lo recuerdo perfectamente) y hubiera quedado desprendido y fuera de su sitio como colgando de un hilo, un hilo que me subía hasta la frente haciéndome daño en la garganta, después me dijo que no me preocupase, que dormiría esa noche en su casa y hasta el día siguiente lo buscaríamos, no dije nada, el hilo pareció aflojarse y supe que estaba llorando otra vez.

Una mujer vestida de negro me acariciaba, sentí en mis mejillas calor y frío en el estómago, afuera más allá de los cristales, la noche era una vieja enlutada, el luto se rompía en la nieve y en mi cuerpo afloraba el temor…
Recuerdo el sueño que tuve aquella noche, era una carreta inclinada y retorcida, que conducía a un lugar extraño y misterioso. Tú estabas en ese lugar, abuelo y yo quería llegar a ti, caminaba con dificultad sobre nieve convertida en fango glutinoso, que se pegaba a mis zapatos y no me dejaba caminar. Caí varias veces, me levantaba y seguía adelante, aullaban los perros, yo tenía los pies hinchados, la carreta era interminable, pero al fin te divisé, quise correr a tu encuentro, pero comencé a retroceder a retroceder, la carreta era cada vez más inclinada y yo estaba entre la nieve alejándome de ti. De pronto caí en el vacío y desperté bañado en sudor y excitado. Tú ausencia era otro vacío.

Dos imágenes de una calle de Gernika con 70 años de diferencia: lo que quedó tras el bombardeo de la Guerra Civil y la localidad a día de hoy. Sí, abuelo, era aquella una  extraña situación, claro al día siguiente lo cierto era que yo te iba a identificar, me incliné sobre ti y noté unos surcos calientes en mis mejillas y en los labios un sabor amargo y salado. También ahora una mano se posó sobre mi cabeza, entonces comprendía que en esos momentos tiene  más valor una mano que acaricia suavemente una cabeza, que todas las palabras que se puedan pronunciar.
A tú lado estaba otro cadáver, era el hombre que había muerto por tratar de ayudarte, abuelo. Sí, abuelo, cuando yo te abandoné él trato de conducirte hacia el refugio, ocurrió todo muy cerca de la Plaza Mayor, en medio de la calle llevándote él cojido de la mano. También tuve que verlo porque no lo habían identificado.

Retiraron la sábana que le cubría el rostro y sentí un golpetazo, el hilo y el dolor en la garganta. Veía su rostro a través del cristal empañado de mis ojos, me latían con fuerza las sienes y una fuerza extraña me impedía retirar la mirada de aquel rostro. Aún ahora después de tantos años, me es imposible escribir lo que sentí en aquel momento. Fue dolor, arrepentimiento, pesar, amor… No sé, y tú sabes porqué, abuelo, aquel que estaba allí muerto, era el hombre delgado y paliducho que en el café no os dio la limosna, la moneda.

Sí, abuelo, ella y los niños están a mi lado, la noche se recuesta sobre los tejados y sigue nevando. Que seáis muy felices.  

Monxu 2005.

 
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